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martes, 3 de noviembre de 2009

Cuentos de África



Una vez más, Bass cautivó a niños y mayores. Fue un domingo a Mioño, donde celebraban una fiesta africana, y Bass leyó un cuento y tocó el djembé. Le acompañó su amigo Jose, y los dos con la música llenaron el espacio con ese ritmo maravilloso que saben sacarle a los tambores. Las mujeres de Mioño habían hecho una choza, una jirafa y un avestruz como decoración y expusieron comidas africanas. Bass leyó un cuento sobre el Rey Leopardo, y gracias a su porte y a su exótico acento, creo que fue inmejorable como narrador. Aunque yo no podría repetir ese cuento, disfruté mucho oyéndolo. Gracias Isabel por contar con él.

jueves, 28 de mayo de 2009

Complicidad



Una historia de hace algo más de una semana…

Estoy de vacaciones en el sur. La realidad de África está cerca y no sólo geográficamente; la playa es un continuo desfile de vendedores. He conocido a un rasta-man. Es de Saint Louis, Senegal, y se llama Falou. Le vi la otra noche en Puerto Banús y, como vio mi complicidad, no me dejó marchar: “Espera, no tengas prisa, hablamos”. Las compradoras se fueron y empezamos a hablar.


Hoy él me ha conocido cuando estaba en la playa. Aquí el contraste en aún mayor, no se siente la crisis, veo a los guiris despidiendo con aires de suficiencia a estos vendedores que, con su infinita paciencia, recorren la playa, cargando en sus brazos bolsos, gafas, relojes, eso sí, todos de marca, intentando ganar unos euros antes de que la policía municipal haga su trabajo y los eche de la playa.


“¡Llevamos una semana aquí y ya me preguntan por Mamá Afrika!”, me grita mi marido. Y yo le pregunto que si era uno con rastas. “¡No, era uno rapado y gordo!”. Os juro que a Falou no le he dicho nada más que tengo amigos africanos. Eso sí, saludo a todos los que veo. No puedo comprarles un bolso, pero sí echarles una sonrisa.

viernes, 27 de febrero de 2009

Subidón



Tristezas y alegrías. Así es la vida. Hay momentos en que me siento tan feliz que se nota, porque beso, abrazo y piropeo a diestro y siniestro:
Para Aziz: “¡Ay, ivorien, mi hijo guapo!”.
Para Richard: “¡A,y lo más bonito de Senegal!”.
Para Sidia: “¡Ayyyy, eres lo mejor que ha venido de Gambia!”.
Para Vall: “¡Este mauritano! Es que es guapo, listo y encantador”.

Y los que no están este mediodía presentes también se merecen un cariño, y además con mi estado de ánimo vería lo mejor de cada uno. Bass es inteligente y hablador. Kafumba, místico y trabajador. Mendi, simpático y buena persona. Kamara, respetuoso y educado. Lahun, sensato y formal. Alassana, tierno, alegre y coqueto. Echarqui, sentimental y bondadoso. Fusseini, tímido y vulnerable. Adama, alegre y buen compañero. Mustafá, Ahmed, Modi, Moussa, Steve, Omar, Hervé... todos son buena gente.

Este subidón me lo han proporcionado al cincuenta por ciento los negros y los blancos. Es época de abundancia. Nos han llegado bolsas de ropa de deporte estupenda. Gracias a Yolanda y a su marido. Y zapatos, y jersey, nikis, calcetines y con las bolsas de deporte incluidas.

No sabéis lo bien que lo hemos pasado con el reparto. Se conocen tan bien que unos elegían para los que no estaban, para los que juegan al fútbol, para el rasta-man, para el elegante... ¡Qué lio de ropa! Ver al chico que el otro día lloró fue maravilloso.

En la panadería les dan magdalenas. Gracias Enna. Unas amigas han comprado comida, patatas, maíz, lentejas, leche, latas de pescado, Cola-Cao. Gracias Vivi, Elena, Pili. Y una vecina nos ha dado un equipo de música que les ha entusiasmado. Gracias Lali, por el regalo, pero más te agradezco lo que me dijiste para Richard cuando supiste que ya no vivía cerca: “Mucho no le puedo ayudar, pero si necesita algo haré lo posible. Me lo dices, ¿eh? Que no lo pase mal, avísame si necesita algo”. ¿Hay mejor despedida de una vecina? Ya os dije que Richard es encantador. Conocerle es quererle. ¡Y está muy guapo con las rastas! Ya le sacaré una foto para que le veáis.

Nos hemos acostumbrado a visitar a los chicos con una bolsa de fruta, un kilo de carne, una caja de galletas o un pollo. Todo el que les conoce, tiene buen corazón y sabe que viven cinco en una casa y trabajan dos o tres, les lleva algo. Lo ideal sería un trabajo, pero eso es muy difícil. Bueno, todo llegará, ¡que estamos en racha!

martes, 3 de febrero de 2009

Casa nueva, vida nueva

Bass, Mendi, Richard, Aziz y Mustafá ya disfrutan de su casa nueva.
Adecentar el piso es duro y hay que trabajar en equipo.
Les cuesta arrancar, pero les ponemos las pilas. ¡Si les vieran sus mujeres!
Aunque la casa es nueva, las costumbres son las de siempre. ¡Que no falte el té!

martes, 20 de enero de 2009

Mudanza



El año no ha empezado mal. Los chicos que se llevan bien -Mendi, Richard, Bass, Aziz y Mustafá- y que estaban en cuatro pisos diferentes, por fin están juntos. Para mí también es muy cómodo no tener que andar de casa en casa cuando les llevo cosas. Estoy contenta, aunque los traslados son terribles. Buscamos los alquileres más baratos y por eso no podemos exigir mucho. Mejoramos los pisos en cuestión de limpieza, muebles y enseres, y os aseguro que es mucho curro.


También vivimos situaciones divertidas. Una amiga nos ha dado un somier y un colchón de 90 cms., y tendríais que haber visto a Mustafá con el somier en la cabeza y a Aziz con el colchón, de noche por las calles de Castro, llevando la cama de su amigo Richard que estaba trabajando. Otro día nos dieron un armario metálico y fueron seis africanos, alguno vestido con ropa exótica de Mali, arrastrando el armario sobre una plataforma con ruedas.


Yo no lo vi porque estaba en el piso, pero mi amiga Mari Carmen les acompañó y dice que era un espectáculo curioso. Como el armario no cabía por los recodos de la escalera, lo tuvieron que desmontar en la calle, y los conocidos que pasaban y les veían dentro soltando tornillos, me preguntaban si estaban saliendo del armario. "Saliendo y entrando", les decía yo.


El armario es para Bass y le ha gustado tanto que dice que se lo va a llevar a África cuando vuelva. Tenemos alfombras, mantas, lámparas, televisión, sofás, mucha gente ayuda con comida y tenemos salud y alegría. Sí, podemos decir que el año no ha empezado mal.

miércoles, 7 de enero de 2009

La ilusión



Qué mejor manera de empezar 2009 que haciendo realidad los sueños de los niños: conocer a los Reyes Magos y a sus pajes. La ilusión y la emoción duran muy pocos años, por eso es tan bonito participar de la fantasía navideña por excelencia. Sidia nos hizo el favor de hacer de paje a domicilio para las sobrinas de Iker y fue una gran experiencia. Él actuó muy bien y ellas están deseando contárselo a sus compañeros de clase, pero, como son muy listas y saben que nadie las creerá sin pruebas, han pedido copias de las fotos que hicimos a sus padres.

Richard fue Baltasar para los niños castreños. Cómo no iba a hacerlo genial si tiene la sonrisa tatuada en la cara, aunque su vida esté llena de dificultades. Otros amigos africanos hicieron el papel para el Belén Viviente que organiza en Castro la Asociación Cultural Pasión Viviente.

Los inmigrantes nos ayudan a mantener la ilusión de los niños, aunque ellos crean en otro dios. Mientras tanto, los adultos tenemos otra ilusión, la de agarrar el 2009 con nuevos ánimos y proyectos que nos devuelvan la esperanza de ir construyendo a pedacitos una sociedad mejor, más solidaria y generosa, menos egoísta. Seguimos siendo soñadores, afortunadamente.

jueves, 24 de julio de 2008

Bass (segunda parte)



Bass es muy inteligente. Es hombre de mar y sabe mucho de navegación. El viaje en cayuco sólo le costó 200 euros porque era el segundo de a bordo. Planificaron todo muy bien. En un barco de 24 metros de eslora metieron, milagrosamente, a 161 personas, gasoil, agua y comida. Embarcaron rumbo a La Palma, la isla más alejada del continente africano, pensando, con acierto, que allí no iban los cayucos y que los recibirían bien. Y acertaron de pleno.

Llegaron por la noche a Tazacorte, al oeste de la isla, y esperaron en la playa hasta que por la mañana los fue a buscar la Guardia Civil. Fue un acontecimiento para los isleños y todo el mundo fue al puerto a verlos. Los alojaron en un polideportivo y estuvieron tres días. Bass tiene un maravilloso recuerdo de la acogida: allí dejó amigos y entre ellos a mamá Angeles, con la que tiene contacto telefónico.

Bass todavía tiene un libro con las coordenadas del trayecto que siguió su cayuco, un enorme barco de colores alegres y recuerdos imborrables.

jueves, 17 de julio de 2008

Bass (primera parte)



Bass es alto, muy delgado y tiene la piel muy oscura. Nació hace 27 años en Touba, importante centro religioso de Senegal. Pertenece a la secta mouridista de Bay Fall, padre Ibrahim Fall. Touba tiene una magnífica mezquita a la que van los musulmanes en peregrinación y está prohibido fumar, y por supuesto beber, dentro de la ciudad.

Cuando cumplió cuatro años murió su padre y sus abuelos maternos, Dam y Fama, le llevaron a vivir con ellos a Joal-Fadiouth, en la costa, al sur de Dakar. Fue a la escuela y al cumplir los quince años empezó a trabajar en un cayuco. Pescaban de seis de la mañana a seis de la tarde, toda clase de pescados. También había temporadas que salían al mar para varios días. Cuando cogían tiburones les cortaban las aletas, que les compraban los chinos, y la carne la compraban los de Ghana, al parecer otros países no lo consumen.



Conoció a Eleonor, su mujer, en Dakar y, tras un año de noviazgo, se casaron. Tenían 19 y 17 años. Tuvieron tres hijos, dos niños y una niña que murió al poco tiempo de llegar él a España. Sus nombres son Thierno, Mame Diara y Khadim. Bass dice que había pescado para coger pero poco dinero. Tenía vergüenza, y lo pronuncia con rabia –“Verrrrrgüensa”- de no poder dar una vida mejor a sus hijos. Le propuso a su mujer venir a Europa y ella le dio su bendición.

Eleonor es maestra y, para ganar más dinero, vende fruta mientras espera la vuelta de su marido. Su hijo Thierno pidió a Bass que le llevara unos deportivos de los que usan en Europa. Me pregunto cómo serán las despedidas de estas familias.

martes, 15 de abril de 2008

Mamyara


Imagen tomada prestada de Oliver Yanes.

Mamyara no ha llegado a cumplir seis años. Era la hija de nuestro querido amigo Bass. La niña tenía mucha fiebre y la llevaron al hospital. Bass habló por teléfono y ella le dijo: “Papá, me duele mucho la cabeza”. Horas después murió. Bass me decía: “Ya no me habla más”.

El sábado lloró por su hija y todos los amigos africanos y españoles le acompañamos. Rosa le llevó a su casa, le horrorizaba pensar que se pudiera quedar solo.

No puede comer y no puede dormir, porque la cara de su hija está delante de él, dice. Su mujer Eleanor le consuela a través del teléfono: “No pienses. Come, duerme. Es la voluntad de Dios”.
La muerte... rotunda, definitiva. De una niña que en África esperaba unos zapatos blancos que llegaran de Europa... injusta, terrible.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Un domingo en Talledo

El domingo pasado subí con Iker a Talledo. Era la segunda vez que estaba en el albergue. La primera fue hace mucho tiempo, cuando todavía vivían allí Aziz y Ahmed. Sólo estuvimos una hora pero vivimos cosas que merece la pena contar.

Allí estaban Juanjo, Rosa y Mamá Afrika, es decir, mi ama y la madre de todos mis hermanos africanos: Sidia, Alassana, Richard, Bass, Mendi… y tantos otros cuyos nombres no puedo recordar. No así sus caras, que es imposible olvidar porque sólo tenían sonrisas para nosotros. Sidia me dio varios abrazos y me dijo que estaba muy contento de conocerme, porque Mamá Afrika le había hablado mucho de mí… Decir que me sentí halagada es decir poquísimo. Creo que no puedo expresar con palabras lo que sentí. Sidia me llegó al corazón.

Juanjo me contó cosas de los chicos. De Bass, que era profesor en Senegal y que puede hablar de miles de temas en varios idiomas, porque es un hombre inteligente y muy culto. De Alassana, que tiene 18 años y es creativo y hábil haciendo cosas con las manos, como coser. De Sidia y los chicos de Costa de Marfil, que les encanta el fútbol. Todos querrían jugar en el Real Madrid.
Rosa también estaba allí, regalando su cariño y su alegría, la compañía que, para mis hermanos, vale más que el dinero. Rosa me presentó a Mamabá, el más pequeño del grupo. “Mírale, mira qué cara tiene mi niño… 17 añitos…”, me decía.

Juanjo dice que a Gambia lo llaman “el país que siempre sonríe” y desde luego que se nota. Casi todos los hermanos africanos que están ahora en Talledo son de allí, así que la tarde pronto se llenó de música y risas. Bass se arrancó con el djembé y Richard le relevó después. Bass se puso a bailar como un loco, sacando mucho el culo al estilo africano. Mendi hacía que tocaba la guitarra y los demás disfrutábamos del espectáculo.


Después llegó Alfredo, repartiendo abrazos y poniendo un poco de orden en el guirigay. Dejamos a los chicos llamando por teléfono y preparados para cenar.

Cuando volvía en mi coche a casa me sentí un poco triste. Supongo que es normal. Porque cuando piensas en estos chicos, la alegría y la esperanza siempre se tiñen con un velo de temor… temor a que este mundo no sea justo, a que ellos, por nacer en el lugar equivocado, no tengan derecho a una vida mejor, a que las puertas se les cierren cuando intentan caminar. Y te entra una impotencia que te dan ganas de gritar y llorar. Pero no puedes. Porque ellos te enseñan con sus historias que en esta vida no hay lugar ni tiempo para el pesimismo… que sólo hay trabajo, lucha y esperanza.

jueves, 7 de febrero de 2008

Richard


Tengo el placer de presentaros a Richard Gabriel Mpal. Este senegalés es una joya. Quien le conoce le quiere. Es educado, elegante, discreto, trabajador, agradecido... de esas personas que le caen bien a todo el mundo.

En agosto cumplió 24 años. Vivía en la medina de Dakar, y a los 16 años un comerciante le sacó de la escuela para que trabajara con él. Lo hizo porque le veía honesto. Este hombre trabajó con dos socios de los que se separó y, como tampoco había ido a la escuela, contrató a Richard. El señor Diallo compraba aletas de tiburón a los pescadores y se las vendía a los chinos. Richard recorrió la costa de Senegal hasta Liberia, trabajó mucho en Gambia, comprando y enviando la mercancía en avión a China.

Pero el negocio no iba bien, y Richard intentó montar el suyo propio. Invirtió sus ahorros en un cayuco para pescar que se fue al fondo del mar y se quedó sin nada. Los chicos que volvían de Europa llevaban dinero a casa y su madre Mathilde, preocupada, le advertía que no se le ocurriera a él, que muchos morían en el mar. Pero no vio otra salida a su alrededor y planeó su marcha en secreto. Desde Canarias llamó a su madre y a Mamayeli, su novia, para decirles dónde estaba.

Su viaje duró once días y fue muy duro. Llovió durante cuatro días, Richard sólo llevaba una camiseta, y recuerda el frío, la mala mar, el no poder dormir; pero, sobre todo, hay algo que a veces le despierta todavía -y ha pasado un año-: los cadáveres flotando en el mar de tres compañeros de viaje.

Richard me llama "ama". Una vez le dijo a su madre que tenía otra madre en España y dice que se puso muy contenta. En su casa viven su madre, su abuela, su tío y sus hermanos de 14 y 18 años, que están estudiando. Tiene también una hermana casada. Su padre murió. Su familia estará más tranquila al saber que su hijo tiene amigos en España, y para los que le conocemos es un placer el que forme parte de nuestras vidas.

Richard trabaja en la cocina de un restaurante. Desde hace unos días tiene un nuevo compañero de trabajo. Se llama Bass y -¡lo que es la vida!- trabajaron juntos en Senegal. Llegaron a Canarias y un mes después a la península, con un año de diferencia, para acabar viniendo a la misma ciudad y trabajar en el mismo lugar. Curioso, ¿no?

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