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jueves, 8 de mayo de 2008

El viaje

“Durante los diez días que duró la travesía, sólo orinó. Comía galletas que secan el intestino para estar estreñido. No se quería sentar en el borde del cayuco por miedo a caerse al agua”.


El mar es la frontera entre la miseria y la promesa de un futuro mejor.
Cuando uno abandona su casa, a su gente, y se juega la vida en un viaje sin destino claro, tiene razones poderosas. Es una valentía teñida de desesperación.
El viaje puede durar semanas. El espacio es mínimo, la comida poca; el agua, casi toda salada.
Intentamos imaginarnos las sensaciones y dolores de esta travesía infinita y somos incapaces. Ni siquiera sabemos qué es el hambre de verdad, ni hemos vivido la guerra en carne propia (la mayoría). El de ellos, es otro mundo.



Estos días –hasta el próximo lunes 12 de mayo concretamente- recala en Santander la exposición ‘En la otra orilla’, una propuesta de Cruz Roja Española que intenta que comprendamos mejor el viaje de los inmigrantes. Es una muestra sensorial que trata de transmitir olores, situaciones… en definitiva, experiencias. Se puede ver en la estación de Renfe de 10 a 13 y de 16 a 21 horas. Esta tarde iré. Ya os contaré.

miércoles, 30 de abril de 2008

Andar en círculos



Tres años penalizados. Son ilegales y no pueden trabajar durante tres años. ¿Pero qué se supone que deben hacer? Una vez finalizada la acogida de Cruz Roja van a la calle. Conseguir trabajo y casa es muy difícil.

Hace dos semanas, Kafumba nos habla de un feriante que necesita tres chicos para el verano. Hablamos Ogando, Rosa y yo con Said, un marroquí que ha trabajado en la feria y nos dice que el trabajo es bueno. Said llama al feriante; es un portugués que está en un pueblo de Zaragoza reparando los tiovivos y que va a recorrer Navarra, La Rioja y País Vasco hasta octubre. Tiene prisa, necesita que vayan ya. Como a Sidia y Alassana se les acaba la acogida, les proponemos probar este trabajo, mientras encontramos otra cosa mejor. Parece un buen plan porque no tienen que pagar casa, comerán con los feriantes y les pagarán 500 euros al mes. No nos fiamos mucho del tipo de vida, así que les advertimos que si no sale bien pueden volver. Todos tenemos miedo. Mi marido le enseña a Alassana un tiovivo y autos de choque en el ordenador. Nunca los ha visto pero le decimos que es para fiestas y que los utilizan muchos niños.

El día antes de marchar, Alassana lloró cuatro o cinco veces, cada vez que se despedía de algún amigo. Sacudía la cabeza, me miraba y decía: “Yo no veo más tú”.

Cuando Cruz Roja les prepara la salida, cogen el autobús con destino Zaragoza. Estoy en Málaga y no dejo de mirar el teléfono. Llamo a Sidia. Ya están en la estación de bus en Zaragoza pero no está el feriante. “Llámale”, le digo; quizá él esté dentro y ellos fuera, o al revés. Media hora después, de verdadero arrepentimiento, Sidia me dice que ya ha llegado el señor. Respiro profundamente aliviada.

La alegría dura poco. Por la noche me vuelven a llamar y me dicen que muy mal. Tienen que dormir en la cabina de un camión con los pies en el salpicadero. Sus bolsas están en el coche porque no hay sitio donde dejarlas. Han cenado una barra de pan. No tienen ni agua para beber. No hay servicios. El camión tiene un cristal roto por donde entra el frío.

“¡Mamá, no puede duchar! ¡Aquí no hay niños!”. Intento que se queden el fin de semana. Están en un pueblo reparando y pintando las atracciones, y van a ir a Beasain, en Gipuzkoa. Me llama el feriante y me dice que lo que pasa es que no quieren trabajar. Yo le hablo de las condiciones en que van a vivir y él le quita importancia a todo. Supuestamente iban a dormir en una caravana y comer y cenar con ellos. Los 500 euros se convierten en 400.

Llamo a los amigos de Castro y a mi hija; si van a volver hay que ayudarles. Elena, mi eficiente colaboradora, me dice que, si volvieran, la policía municipal de Santander les mandaría a un albergue donde podrían estar cuatro días. Cantabria Acoge estudiaría su caso y parece que hay un lugar donde pueden vivir hasta que encuentren trabajo. Si se tuvieran que quedar en Castro, les ayudaríamos, y mi increíble hija les ofrece su piso, sin estrenar, pero medio vacío.

El feriante se resiste a llevarles a la estación. Los necesita y está fastidiado. Cuando se decide es tarde y Sidia y Alassana pierden el autobús. Pasan la noche en la estación y a las seis de la mañana salen rumbo a Castro. Mi admirado Juan Ogando les lleva en su coche al albergue, donde sorprendentemente les han acogido por unos días más.

No sé cuántos bares, restaurantes, tiendas hemos visitado pidiendo trabajo. La respuesta siempre es no. Sin papeles, no. Lo entiendo, se arriesgan a pagar una multa. ¿Y entonces?
Han pasado cuatro meses, faltan 32 para completar los tres años de penalización. ¿Alguien tiene una solución?

miércoles, 27 de febrero de 2008

Un domingo en Talledo

El domingo pasado subí con Iker a Talledo. Era la segunda vez que estaba en el albergue. La primera fue hace mucho tiempo, cuando todavía vivían allí Aziz y Ahmed. Sólo estuvimos una hora pero vivimos cosas que merece la pena contar.

Allí estaban Juanjo, Rosa y Mamá Afrika, es decir, mi ama y la madre de todos mis hermanos africanos: Sidia, Alassana, Richard, Bass, Mendi… y tantos otros cuyos nombres no puedo recordar. No así sus caras, que es imposible olvidar porque sólo tenían sonrisas para nosotros. Sidia me dio varios abrazos y me dijo que estaba muy contento de conocerme, porque Mamá Afrika le había hablado mucho de mí… Decir que me sentí halagada es decir poquísimo. Creo que no puedo expresar con palabras lo que sentí. Sidia me llegó al corazón.

Juanjo me contó cosas de los chicos. De Bass, que era profesor en Senegal y que puede hablar de miles de temas en varios idiomas, porque es un hombre inteligente y muy culto. De Alassana, que tiene 18 años y es creativo y hábil haciendo cosas con las manos, como coser. De Sidia y los chicos de Costa de Marfil, que les encanta el fútbol. Todos querrían jugar en el Real Madrid.
Rosa también estaba allí, regalando su cariño y su alegría, la compañía que, para mis hermanos, vale más que el dinero. Rosa me presentó a Mamabá, el más pequeño del grupo. “Mírale, mira qué cara tiene mi niño… 17 añitos…”, me decía.

Juanjo dice que a Gambia lo llaman “el país que siempre sonríe” y desde luego que se nota. Casi todos los hermanos africanos que están ahora en Talledo son de allí, así que la tarde pronto se llenó de música y risas. Bass se arrancó con el djembé y Richard le relevó después. Bass se puso a bailar como un loco, sacando mucho el culo al estilo africano. Mendi hacía que tocaba la guitarra y los demás disfrutábamos del espectáculo.


Después llegó Alfredo, repartiendo abrazos y poniendo un poco de orden en el guirigay. Dejamos a los chicos llamando por teléfono y preparados para cenar.

Cuando volvía en mi coche a casa me sentí un poco triste. Supongo que es normal. Porque cuando piensas en estos chicos, la alegría y la esperanza siempre se tiñen con un velo de temor… temor a que este mundo no sea justo, a que ellos, por nacer en el lugar equivocado, no tengan derecho a una vida mejor, a que las puertas se les cierren cuando intentan caminar. Y te entra una impotencia que te dan ganas de gritar y llorar. Pero no puedes. Porque ellos te enseñan con sus historias que en esta vida no hay lugar ni tiempo para el pesimismo… que sólo hay trabajo, lucha y esperanza.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Alfredo y David

Son los cuidadores del albergue de Talledo y amigos de los inmigrantes. Pasan las noches y los fines de semana, turnándose. Son muy distintos.


Alfredo -en esta primera foto- es fiel a la rectitud, al horario, enseña disciplina, se impone, pero también se le escapan los abrazos. Le respetan mucho. Alfredo está casado con Nuria y tienen un hijo, Aitor. Son muy generosos, les hacen regalos y Nuria les compra fruta y seguro que muchas cosas más que yo no sé. Más que el hecho material, que también valoro, imagino que la aceptación y el detalle son importantes para quien viene de tan lejos.

Nuria y Alfredo han hecho algo que en África es normal pero que en España sólo se hace con los amigos. Invitar a algunos a cenar en casa. Alfredo era camionero y viajaba por Europa, pero un coche se metió en la acera y destrozó su pie. Estando en Adicas le ofrecieron este trabajo que desempeña con gusto. Dice que es una experiencia única conocer a estos muchachos que nos enseñan tantas cosas.



Las fotos son de un grupo que estuvo en verano. Hay chicos de Senegal, Nigeria, Mali, Sierra Leona... Alfredo organizó una barbacoa y cenamos en el jardín del albergue. Después, como veis, hubo baile, lo pasamos muy bien.



David, que aparece en esta última foto, se comporta como colega con los chicos, ya que es de su edad: les lleva la Play-Station, se sienta con ellos a ver una película… se sienten muy cómodos con él. David es polivalente porque estudia -se ha estrenado como fontanero, electricista, carpintero, escayolista y pintor en un piso de su familia en el que va a vivir- y además trabaja en Talledo. A veces dice: “No puedo más”.

Tiene un gran corazón. En una ocasión llamó un chico, Seni, que tuvo problemas para llegar a casa de sus familiares. Sólo hablaba mandingo y estaba en Barcelona de noche y en la calle. Seni llamó a Talledo y se lo contó a otro negro. David estaba tan preocupado que, si hubiera podido, habría cogido el coche para ir a buscarle.

jueves, 24 de enero de 2008

Todo empezó así

Mi vínculo con los africanos empezó en octubre de 2007. Una compañera de la Asociación de Mujeres, que es voluntaria de Cruz Roja, pidió unos zapatos del nº 45, y yo tenía unos que mi hijo Iker no se ponía. Podría habérselos dado a ella, pero mi curiosidad por ver a los chicos que venían en cayuco me llevó a subir al albergue de Talledo con tres amigas.

Desde ese día no he podido dejar de subir. Hay dos chicos de ese primer grupo, Ibrahim, que está en Tenerife, y Chek Diop, que vive en Granada y suele visitar a mi sobrina Eider en el Gambrinus, con los que tengo contacto. A los demás ni los recuerdo.

Talledo está en pleno monte a unos 12 kilómetros de Castro. El bus urbano sólo llega a Otañes y quedan 4 kilómetros de plena subida para llegar al albergue. Este cuenta con 7 literas, por lo que nunca hay más de 14 personas. Hay dos cuidadores que pasan las noches y el fin de semana: Alfredo y David. De lunes a viernes una trabajadora social y una educadora hacen su labor.

También hay voluntarios que se ocupan del guardarropa, de enseñarles español o a utilizar los juegos de mesa en una tarde lluviosa, de ir a jugar al fútbol, de llevarles a ver Bilbao... Tratar de acompañarles, hacer que no se sientan aislados, ayudarles a integrarse, son tareas muy gratificantes que llenan el corazón.

Cuando Sidia frunce el ceño y me reprocha que no suba todos los días, siento no poder hacerlo. Subo las tardes de los domingos. Me gustaría hacerlo más.


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